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Foto: Lins Griñó

Son las 12 de la mañana y me llega un mensaje al móvil. «Tienes un correo de la escuela!». Ya sabéis que estas notificaciones o circulares se tienen que abrir al instante. Uf, vaya, al asunto aparece aquella maldita y mágica palabra que, sin darme cuenta, hace que me venga la obsesión de rascar-me lo cabe: pediculosis.

Antes de parir mis hijos esta palabra no formaba parte del vocabulario de mi vida; ahora bien, cuando tuve la primera hija me vi obligada a incluirla.

Cuando tienes a los niños en casa tampoco piensas en la existencia de este insecto o simplemente te acuerdas de cuando eras pequeña y tuviste.

Llega un momento, pero, que todo cambia. Cuando los niños llegan al magnífico mundo de la socialización escolar todo es uno no parar que forma parte del día a día de las familias. Sí, la socialización es muy buena por el niño. Con todo, pero, tiene sus daños colaterales cómo, por ejemplo, los piojos.

Miráis, desde que estoy leyendo el correo ya noto como me pica todo. De hecho, sólo leer o sentir esta palabra me entran ganas de rascar-me instintivamente. No lo puedo evitar, me pica todo, me entra la paranoia: y si mis hijos tienen? Quizás todavía me quede un poco de loción del último golpe que los niños tuvieron piojos, no? Ay, a ver, esta mañana mientras almorzaban no se estaban rascant, oi? No, por favor, no; son tres jefas con cabellos largos, finets y delicados: todo un oasis para los piojos!

Activamos el toque de alerta. Adelante! Empieza la aventura: revisión con lupa, pasar el peine para ver qué sale, mirar si tiene huevos… vaya, una diversión sin fin! El que deseamos hacer una tarde! (bien, una locura por cada casa).

 

Entonces ha llegado el momento de pronunciar una de aquellas frases que no pueden sentir mis hijos: «Va, venís aquí que miraremos si tenéis visitantes!!!».

A veces truco a mi madre porque así entre ella, el padre de las criaturas y yo estiércol más vía: una cabeza para cada cual. Aquí es donde siempre siento las mismas frases:

«Niña, no te preocupes, los piojos dicen que van a las cabezas limpios!» Bien es verdad que esta frase no me tranquiliza mucho. No sé, siempre me pregunto si es peor que vayan sucios o que tengan piojos. Me irrito.

«Esto vinaaagre!!! Si los lavaras con vinagre de vez en cuando no pasaría!» Ay, ahora recuerdo el mal olor de la cabeza envinagrada los domingos por la tarde cuando mi abuela me lo hacía. Eso sí, traía el cabello brillante como nunca! Ah, y también recuerdo cuando me ponían un huevo y, con la imaginación de niña pequeña, pensaba que me estaban haciendo un pastel a la cabeza.

En el mejor de los casos no tienen y sólo hay que hacerlos el tratamiento preventivo y revisarlos de cuando en cuándo. Además, en casa nuestra, ponemos unas gotitas de árbol de té directamente a la cabeza (de hecho siempre ponemos unas 10 gotas por cada 750ml al champú de los niños; al herbolari ya os dicen las proporciones concretas). Si no desfalleces o estás siempre al pie del cañón los tratamientos preventivos son muy buenos. De hecho, la prevención es primordial en todos los ámbitos.

El ritual familiar de después de la ducha: pasar el peine, revisar la cabeza, aplicar la loción… sí, un acto cotidiano más! En fin, qué os pasa, también os pica la cabeza? Qué usáis?

Perdonadme pero la cabeza me pica tanto que me voy a salto de mata a ver si tengo. Hoy a mediodía tendremos revisión!